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Trece veces verte

13

XII

2015

Cualquiera tiene un mal día. Pero esto no es un día, ni siquiera algo parecido. Esto es la rotación del inframundo sobre el eje indecible de la sombra más siniestra. Desde aquí puedo ver la tumefacta sordidez de la tarde colarse por las rendijas del cortinaje y dar testimonio. La estoy viendo a ella desfallecer en su alcoba y es una escena en verdad preciosa, sus últimos momentos.

Nadie pareciera estar allí y sin embargo puede escucharse a volumen lejano una radio sonando en algún lado de la casa. Tonadilla antaña de esas cursis y despechadas que nadie extraña.

Ella consigue mirarme en el espejo y sus ojos se desorbitan al verme. Por un instante incluso creo que quiso pedirme ayuda, pero luego repensó al recordar que fue ella misma la que me vio morir hace diecisiete años. Cómo ir hacia atrás en el vaivén del tiempo cuando se tiene un cuerpo sujeto a esa firme regla en este mundo. Ella no puede, pero yo ahora he podido. Vine a disfrutar su despreciable final. Creo trata ahora mismo de decirme algo, ¿qué dices, Olguita? ¿Desfalleces y temes por tu vida? ¿Por qué temer si ya es tu hora? Sólo déjate llevar por la inercia del olvido.

O mejor aún, simplemente recuerda que no seré yo quien venga a conducirte hacia la luz y la razón de ello. Morir es un deporte extremo cuando bien se aprende, ya una veleidad eso de sujetarse a la gracia divina de sentarse a la diestra de vaya usted a saber qué emblema puesto en este lado ante la costumbre.

Tal vez deba… no sé. Repetir el momento. Cuando apenas media hora antes llegó furiosa tu hija como nunca antes. ¡Ay Olguita! Tú sí que no tienes puta idea sobre la coherencia. Para ti, si la muerte es deporte extremo, la vida es letanía malsana. Pero así lo decidiste tú misma desde el maldito principio de tu existencia.

Allí está Friné, la muy hermosa e impostergable dechado de bondades que tanto ha sabido perdonarte y de cuántas inconcebibles maneras. Tuvo que superar un cáncer hace veinte años cuando ella tenía 35 y después de eso gastar enormes sumas en terapeutas y tratamientos de toda índole, sus hijos creían que estaba loca hasta que pudieron superarla, porque en verdad que era desmedida su intención de hacerse revisar de los órganos, de la cabeza, de los colores del aura y tantas otras tonterías. Aunque lo único que realmente hubiera necesitado es jamás haberte tenido de madre, u olvidarse un día de ti habiéndose largado muy lejos. Pero no lo hizo y todo barril tiene fondo si es que de eso tenías duda y si creíste que jamás colmarías el tuyo con esa infame capacidad de procrear inimaginables colmos es que realmente mereces este horrible fin.

¿Cuántas veces tendré que decirte que nuestro viaje siempre comienza con una duda?

Friné no pudo superarte por más que lo intentó. Disfrazó de infinita bondad su infinito infierno que le resultaste como madre y ahora allí la tienes en el pasillo como energúmena a punto de abrir tu puerta.

.

—¿Qué es esto?

—¡Hija! Pero, ¿qué pasa?

—¡No te hagas más a la pendeja, maldita cerda!

—¡Por dios, pero qué estás diciendo!

—¡Estoy diciendo que me digas qué es esto!

—¡Tranquilízate, por dios!

—¡No lo voy a hacer hasta que me des una explicación que lo haga!

—¡Pe… pero, dios mío! ¡Qué pasa?

—¡No metas a dios en tus malditos desfiguros y contéstame!

—Es el fistol de tu abuelo…

—¡Eso justo es! ¡El maldito fistol de mi abuelo! —aseveró, aventándole al pecho el delicado objeto, el cual cayó después al piso.

—¿Y qué pasa con él?

—¿En dónde coños estaba?

—Yo… yo qué voy a saber…

—¡Perfectamente bien que lo sabes!

—Pero, hija, yo…

—Acabo de comprarlo en una subasta, mamá, ¿y quién crees tú que había ido a ofrecerlo?

—¿En una…?

—¡Drily, mamá! ¡Drily estaba allí para venderlo! ¿Cómo pudo llegar a manos de Drily el fistol de mi abuelo, mamá? ¡Contesta!

—Yo no…

—Ella dijo que tú se lo habías dado a su madre. Tú sabías que yo se lo había pedido en vida a él, ¿por qué si lo sabías se lo diste a mi hermana y no a mí?

—Yo…

—Tú me dijiste que él desoyó mi deseo y que lo había vendido cuando aún estaba vivo, ¿por qué me mentiste?

—Yo no te mentí, él se lo vendió a un usurero, yo tuve luego qué recuperarlo…

—Ya no hagas esto…

—¿Qué?

—Tú sabes perfectamente que estás mintiendo.

—¡Tú no te atrevas a decirme mentirosa!

.

Friné la empuja con violencia y le asesta una impresionante bofetada. Luego la toma de los hombros y la zarandea. La anciana apenas emite un leve gemido.

.

—¡Estoy hasta la madre de tus juegos infames!

.

La puerta se abre. Entra Julio, el criado.

.

—¡Julio! ¡Ayúdame!

.

El hombre de rasgos indígenas se queda parado en el umbral. Friné voltea a verlo. En el rostro de Julio puede notarse una ligera tensión, pero nada hace ante la petición de su señora.

.

—¡Julio, por favor! Llama a la…

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El hombre se aproxima entonces.

.

—¡No te metas en esto, Julio! ¡Lárgate de aquí!

.

Julio, con la mirada clavada en Olguita, se acerca a ambas. Entonces saca una navaja de su bolsillo. Friné, aún jadeando de ira, queda pasmada ante esto. Olguita queda a merced.

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Ah, sí. Un verdadero placer ver caer imperios de tan deliberada forma. ¿Quién no sabría apreciar el exquisito aroma del miedo a la muerte, cuando tan bien merecida se presenta la ocasión? Olguita siempre se burló de su propia hija, siempre la señalo y la sojuzgó de las peores maneras y en tantas ocasiones que el pobre corazón de Friné no pudo ya más sostener la frágil nube de bondad que se procuró todos estos años.

.

—No, doña Friné. La que se va es usted. Ahora. Yo no puedo permitir que usted, tan buena, se manche las manos con esto. Déjemelo a mí, yo no soy nadie. Durante doce largos años ella así me lo resonó siempre. Ahora yo seré su fin.

.

La anciana, horrorizada, les veía a ambos sin poder hablar.

.

—Julio, no…

—No diga nada, doña Friné. Váyase ahora. No, espere…

.

Julio camina hacia el perchero y toma el bastón que allí se encontraba colgado desde hacía años. Regresa y con saña silenciosa asesta un fuerte golpe en la cabeza a Olguita. El bastón se rompe, la mujer pierde el conocimiento y comienza a sangrar. El criado deja caer el pedazo de bastón allí mismo y camina hacia el pequeño cuadro enmarcado en la pared, en el rincón más cercano a la cama. Lo jala de un extremo y aparece detrás una caja fuerte. Sin más, gira la perilla de ida y vuelta seis ocasiones y la compuerta se abre, ¿Pues cómo supo la combinación? Julio saca una hermosa caja de madera antigua y retorna hacia la aún impávida Friné, a quien se la entrega. Luego se inclina y recoge el fistol con extraordinario diamante púrpura incrustado y se lo extiende. Ella lo toma asimismo. Sus ojos se nublan enrojecidos en llanto.

.

—Todos estos años… mi vida entera…

—No, doña Friné. No diga ya nada más.

.

La mujer trata de contener su exaltadísima emoción. Lanza un escupitajo al rostro sangrante de su madre y mira a Julio en bestial silencio. Se aproxima a él y le da un profundo beso en la boca. Después se marcha de la casa. Para siempre.

 Entonces Julio sale de la alcoba de Olguita y se dirige al traspatio. Allí enciende la vieja radio y pone muy alto el volumen. Luego coge el machete y retorna al segundo piso donde se encuentra la fatal alcoba.

Así es justo como se debe morir cuando la culpa es grande y la vergüenza nula. Olguita ha abierto nuevamente los ojos y sin poder moverse mira hacia el espejo. ¿Puedes verme, Olguita? Así sabrás que he venido especialmente para ver tu horrible fin. Aquí viene Julio muy tranquilo, podría decirse que hasta feliz, pues en secreto siempre amó a la Friné y ahora esta le recompensó con un maravilloso beso. Pobre Julio, ni siquiera lo está haciendo por el profundo resentimiento hacia la anciana sobre el trato que esta le diera, sino por vengar todas las vejaciones que la mujer hizo vivir a su propia hija, su secreto amor. Ni igualdad social ni igualdad moral, esto es rotundamente otra cosa. Ahora a Julio se le ha ocurrido cortarte en pedazos, las manos primero por esas bofetadas que un día le diste. Luego serán los pies. Luego las piernas y los brazos hasta que cesaron tus gritos pues te desangraste ya lo suficiente, así que la cabeza al último. ¿Por qué le cortaría las orejas? Ha de haber sido mera ocurrencia, ¡ah, qué don Julio! La cosa es que fueron doce pedazos los tuyos, uno por cada año que le atormentaras la existencia en el nombre de esa burguesía tuya tan malentendida.

Pero ni te hubieras imaginado que iba a sacarte el corazón después, para freírlo y comérselo allí mismo en la cocina. Luego fue a buscar una pistola y nomás se pegó el tiro en plena cabeza. Hasta al día siguiente se desató la pesadilla cuando llegó Drily a la hora del almuerzo, pero ¿ya que se le iba a hacer? Yo ya me retiro. Sólo vine aquí a certificar que muy pese a todo, esto aún no termina.

Yo sé que nos volveremos a encontrar un día. Pero tal vez no pronto.

Fistol

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2 Respuestas a “Trece veces verte

  1. melbag123

    20 octubre, 2015 at 1:38 pm

    Para pelos… Me quedé pegada en este relato hasta el final sin respirar. Me encantó.

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