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Segunda Parte

SegundaP

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Capítulo 1

1695, Capitel

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Las coyunturas eran un solo, único dolor que hacía vibrar hirviente todo su ser. Arrastraba durante horas su humanidad por la oscura y maloliente celda, pues creía que si permanecía quieto tal vez su respiración se detendría. Hasta que sus extenuados pulmones no podían más, callaban sus gemidos para después nuevamente surgir impugnables al tenor de su precaria condición.

Augustus Lagrange lamentaba en cuerpo y alma haber caído en infame desfortuna pero así fue concertado por su tenaz enemigo a la medianoche de hacía apenas tres días. Si tan sólo su enemigo supiera que él después de todo no guardaría encono alguno en su contra, tal vez hubiese sido aún peor castigo.

Fue hecho prisionero ante la noticia de haber su caso cedido a cariz de lenocinio y asesinato toda vez que él mismo había intentado salvar a aquella muchacha y dejádolo claro ante la corte. Sin embargo, hubo alguien que no quiso dejar pasar esta oportunidad para señalarle como un protervo criminal y valiéndose de oscuras artimañas vendió la cabeza de Augustus al obispo Wiesner así sin más. Como entrañable amigo personal suyo, le era sabido que Wiesner estaba de plácemes al lograr al fin disponer en Capitel sede para una prisión expurgatoria acreditada por el Santo Oficio.

Aunque demasiado pronto sucedió para Augustus su arresto y castigo ilícitamente impuesto y terminó siendo confinado a la única celda de las catacumbas de la misma catedral de Capitel. Nadie supo entonces que a falta de un ejecutor de las labores punitivas, el mismo obispo Wiesner se sacó la sotana y llevó a cabo con singular sadismo algunas funciones que habían inflingido al pobre hombre tanto dolor. En el nombre de dios hasta el castigo es bueno.

Pero Ezequiel Spencer, apenas a una semana de haber llevado a cabo semejante infamia, no pudo jamás imaginar que algo inusitado estaba por suceder en su propia casa. Un enardecido loco abrió a punta de patadas la puerta y varios otros se introdujeron en intempestivo ataque sobre la familia Spencer en ausencia de Ezequiel.

Sus tres pequeñas hijas fueron ultimadas de perverso modo y nada pudieron hacer Elianne, su esposa, y Arthur, el joven mozo, quienes estaban atados en un rincón. La pobre mujer no pudo resistir y se desmayó cuando la más pequeña fue levantada en vilo por un orate pernicioso y ya sin vida ser arrojada contra la pared.

El joven Arthur fue machacado inclementemente a golpes hasta desfigurarle la cara por completo y colgado de cabeza del ostentoso candelabro del comedor, allí mismo donde todos los viciosos energúmenos fueron violando uno a uno a la pobre Elianne.

Al llegar Ezequiel, la casa era apenas triste remedo de lo elegante que antes hubo sido. Sangre y horror por todas partes. Arthur, exangüe más aún vivo, no pudo siquiera hablar, sólo ver el espantoso rictus del recién llegado y entonces romperse el frágil hilo de su vida. Ni rastros de Elianne, al parecer se la habían llevado. Nada más ver aquello, sus órganos contrajeron un espasmo que le derribó al suelo en extática enajenación pero eso aún no sería lo peor.

Ezequiel no pudo reaccionar a todo ello, permaneció tumbado entre la sangre y pedazos de carne de sus pequeñas con un infinito dolor trabado en el alma durante días enteros hasta que pudo al fin levantarse, ir a la cocina, servirse agua de la tinaja y beber, coger un trozo de pan que ya comenzaba a crecer moho, mordisquearlo con la mirada perdida y sólo hasta entonces pudo tomar un hondo respiro. Ello coincidió con que un comité de la guardia social llegó a su puerta a buscarle.

Al aparecer el cuerpo de su esposa en las lindes del río se creyó que él mismo la había asesinado, pues fue menester del capitán de la guardia así creerlo, al ser este amante de la bella Elianne y suponer que Ezequiel habíase de todo ello enterado.

Fue así requerido ante el tribunal supremo de justicia y, en un brutal e inesperado giro de los eventos, acusado de posesión diabólica. Y fue entonces que Georges Klodesmiere, un amigo cercano de Augustus Lagrange, supo sobre esto y halló en ello la ocasión de pedir audiencia para solicitar la revisión de su caso, objetando dolo de la parte acusadora y finalmente lograr al cabo de un mes que Augustus, después de impensables vejaciones y torturas a manos de Wiesner, fuese liberado.

Ilustre forma en que el destino enderezase aquello que había sido por el hombre retorcido. Donde no quepa ley para el réprobo acto de un hombre, la ley de dios enderece. Aunque la ley de dios aún parezca a veces tan la del hombre mismo investido en dogmas de la fe. Así ahora será esta purga expedida.

Cuánta luz necesaria ha de ser en la conciencia para que la sombra de lo posible confiera valor alguno que hombre alguno pueda comprender al fin. Cuánto dolor la historia ha de requerir para avanzar hacia cuál índole de luz que dejase ver esa verdad necesaria que subsane todo error en el pasado. Error del hombre es historia, error del hombre no mirar la historia.

Errar humano es, pero reincidir los yerros invoca al abismo.

No hay paz en el primero calabozo a la derecha con el número trece de Ochzonne, el reluciente nuevo estadio del derecho eclesial dispuesto a prueba y soliviantado para las faltas de cuanto impío en este procaz mundo. Ojos inyectados de sangre que casi le gotea de tanta agolpada allí, corazón vuelto piedra para no sentir esa culpa, ese no desmerecer ante los propios ojos de la vergüenza suprema saberse en pródigo denuesto. Rostro de la desdicha, desazón del alma, todo perdido.

Mas el horror irá creciendo, querido Spencer, pues esto apenas comienza.

Y sin embargo hubo una forma de salvación que algunos cuantos lograron en el transcurso de la inicua punitiva eclesial. Forma jamás antes referida. Pero no es esta salvación divina, si no un acuerdo en las sombras de la conciencia al extravío. Una voz interior que no se es pero que dictamina versiones del ser muy en lo profundo. Ser ello en gran medida. Eso que requiere toda alma para superar el tormento, llámale fe o rendición a un poder más oscuro. Saber andar la cuerda floja del desvarío ante una gracia distinta a la celestial.

Ezequiel Spencer es conducido del calabozo hacia la cámara de tortura por dos fornidos y malcarados guardias. Un famélico encapuchado con marcas de hierro en la piel lo recibe, los custodios se marchan. Un prelado allí presente le alecciona en latín (o le impreca en maldiciones, ¿quién lo sabría?), en compañía de un joven monaguillo, lo santigua y luego se retiran. Spencer mira perplejo al siniestro hombre enjuto que se ha quedado allí con él. Lo primero que piensa es que él es más fuerte y fácilmente lo sometería.

Casi sin pensar se echa a correr hacia la abertura en la pared, pero al escalar la altura y asomarse comprende que sería imposible dejarse caer y salir ileso la gran pendiente de aquella elevada edificación de piedras, aproximadamente unos veinte metros contando la loma de aquel barranco cundido en zarzas.

Un fuerte golpe en la nuca lo hizo perder el conocimiento.

Al despertar, Ezequiel Spencer se hallaba sobre una plancha de robusta madera con las piernas y brazos extendidos y atados a un mecanismo que hacía estirar con cada giro de engrane las fuertes ataduras. No pudo sino rumiar que eso mismo habíale procurado al pobre Augustus y ahora él se hallaba en el mismo término.

El encapuchado se hallaba frente a él, pues justo acababa de arrojarle orines de una vasija a la cara, acaso los suyos, lo cual le había hecho reaccionar.

—Bienvenido a Ochzonne. Tú eres el primero que serviré hacia la purificación ante los ojos de la gracia del señor dios. O al menos eso es lo que ellos dicen. Yo no creo nada de eso, yo estoy aquí nomás para sacarte al diablo. A partir de ahora, tú ya no tienes nombre ni derechos. Ahora te llamaré “nueve”, porque será el número de días que suplicarás hasta que yo me detenga.

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2 Respuestas a “Segunda Parte

  1. melbag123

    2 junio, 2015 at 1:45 pm

    ¡Bravo! Pero ya me duele…

    Le gusta a 1 persona

     

Y si no dime cómo

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